La cultura occidental abraza el racionalismo, embelezada por las impresionantes conclusiones de Descartes: Pienso luego existo, expresión que por lo estúpida puede haber sido el resultado de una terrible borrachera y su consecuente resaca. Pero el mundo abraza el racionalismo y se vuelve hermético ante la demanda de pruebas científicas de toda afirmación que pretenda explicar algun evento cualquiera, por insignificante que sea. Por siglos el hombre se encierra en laboratorios, mide, analiza, lleva registros estadísticos, elabora complejísimas ecuaciones matemáticas que describen todo tipo de eventos, desde el movimiento de una simple bola rodando por una pendiente, hasta la trayectoria de los planetas y el comportamiento de los átomos al ser bombardeados por partículas subatómicas. Las ecuaciones predicen eventos futuros que luego son medidos para corroborar fabulosas teorías, así fue como, en un eclipse de sol, los astrónomos corroboraron la hipotesis de Einstein de que la luz era afectada por los campos gravitacionales.
Pero hete aquí que despues de tan largo periplo por los intrincados laberintos de la ciencia, despues de descartar, por ridiculas, o indemostrables todas las proposiciones que se refieren al espíritu, al alma o a los eventos inexplicables del pensamiento humano, como la telepatía, las premoniciones, los sueños anticipatorios, las visiones además de toda la gama de experiencias que se derivan de la meditación y los estados de iluminación de los grandes de las religiones orientales, incluyendo a Buda, Cristo y otros como ellos. Resulta que después de siglos de negación de la magia, de los eventos aparentemente imposibles, la ciencia llega a la teoría del Big Bang.
La ciencia se da el lujo de decirnos, sin ningún tipo de vergüenza, que todo el universo, en su inconmesurable grandeza, existía, empaquetado en un punto, que por definición no tiene dimensiones, o sea, que todas sus medidas son iguales a cero, el cual habiendo estado latente por incontables eones y existiendo en la nada, pues nada había antes del todo, un buen día explota y pasa de cero al infinito en un nanosegundo. En pocas palabras, ABRACADABRA y de la nada eterna, del vacio insondable de la no existencia, salió ese todo sin límites conocidos que es este universo en el que, como minúsculas motitas de insignificante polvo, existimos.
Del racionalismo intransigente a la magia en un abrir y cerrar de ojos. De las ecuaciones y los cálculos transfinitos, al ahora no lo ves, ahora lo ves. Vaya patraña descomunal.
Solo tenemos que hacernos una pregunta sencilla, si existía esa "singularidad" a punto de explotar, ¿donde existía? ¿Acaso había un espacio que precedió en la existencia a la singularidad y al Big Bang? Esto siginificaría que el espacio existió antes que el tiempo, lo cual daría al traste con la teoría de la unidad espacio-tiempo. Si no existía el espacio antes que la singularidad, entonces, nuevamente ¿donde habitaba esta? ¿En la nada? La existencia de un punto, aunque fuera adimensional, niega la existencia de la nada, pues ambas posibilidades son absolutamente excluyentes. Nada puede existir en la nada. Supongamos entonces que había un continente, que en este momento no podemos definir, pero que era capaz de contener un punto donde estaba empaquetado todo el universo, entonces debemos preguntarnos desde cuando existía esa singularidad y su continente y porque explotó en el momento que lo hizo, y porque no lo hizo 1.000.000 de eones antes o después. Más aún, ¿que provocó la explosión? Tal vez un súbito aumento de la ya indescriptible presión, ridículo.
Una pregunta nos puede conducir a la exploración de vias alternativas, como por ejemplo: ¿Tuvo el universo que tener un principio?
martes, 8 de diciembre de 2009
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